Los vecinos reclaman a los partidos que «no vuelva la riada» (Diario Vasco, 20 de Noviembre)


Todavía recuerdan con una cierta incredulidad el desembarco de concejales. Fue el pasado día 10, durante la asamblea que el alcalde de San Sebastián, Juan Karlos Izagirre, mantuvo con vecinos del barrio de Txomin Enea. Después de la tormentosa reunión de la jornada anterior en Martutene, donde los afectados por las inundaciones del día 6 lanzaron duros reproches a los regidores municipales, ediles de todos los partidos consideraron conveniente ser vistos por unos vecinos hartos de promesas y de que el río Urumea siempre inunde las mismas casas, que siempre son las suyas.

Días después de todo aquello lo que está lejos de ser un recuerdo son los efectos de la riada, que aún se pueden rastrear en las calles de los barrios anegados. En algunos lugares parece que el agua acaba de retirarse, como en la asociación de vecinos de Martutene, situada en un bajo de la Colonia del Pilar. Entre sus paredes que rezuman humedad, sin una sola silla donde tomar asiento y con cajas repletas de papeles y objetos malamente rescatados del naufragio, se han reunido vecinos de los dos barrios para hablar de lo que queda de la solidaridad que recibieron por parte de las administraciones. Y de las promesas pendientes.
No es fácil poner orden en la conversación. Todos tienen historias que contar y todos comienzan a compartirlas entre ellos sin hacer mucho caso al presunto entrevistador. Su charla está salpicada de continuas referencias a los seguros y los peritos, al río y su siempre postergado encauzamiento y a los destrozos todavía visibles en sus casas y negocios.
Aitor Azkona (Martutene) aguarda a que el perito pase este lunes por lo que fue su hogar para evaluar los daños. «Perderé 15.000 euros y después a volver a empezar».
Jesús Alcalde (Txomin Enea) ha sido realojado en Egia, en una casa del Ayuntamiento. «Mi sobrina estudia Derecho y está haciendo el papeleo del seguro».
Ana y Lucas (Txomin Enea) han perdido el bar Goizuetarra, que habían abierto hace cinco meses. «Nos hemos quedado en la calle, estamos en la ruina».
María José Fernández (Martutene) trata de adecentar su asolada mercería a la espera de que llegue el perito. «Estoy pendiente de lo que diga para saber de cuánto dinero dispongo para empezar de nuevo».
Santiago y Nerea Agirretxe, padre e hija de un caserío de Martutene, se han quedado sin huertas y sin mercancía que llevar a su puesto del mercado de San Martín. «Con las inundaciones anteriores vino gente a ver los destrozos, pusieron las manos en la cadera, dijeron ‘jo, qué barbaridad’ y se fueron diciendo ‘a ver si podemos hacer algo’. Y hasta hoy».
La villa olímpica
Todos ellos se sienten perdidos en una maraña de impresos y seguros. «Los papeles te marean, hay que hacer un cursillo aparte», afirma Edurne Burutaran, presidenta de la asociación de vecinos de Txomin Enea, un barrio cuyo estatus social se ha elevado gracias a la riada. «Antes éramos una república independiente y ahora somos la villa olímpica porque todos vamos en chándal», afirma Ana.
Un chándal es el uniforme de trabajo de María José, que va y viene de la asociación a la mercería, al otro lado de la estrecha calle. Quiere reabrir su negocio el lunes, pero no sabe muy bien cómo lo hará porque no confía demasiado en las instrucciones que ha recibido del consorcio de seguros. «Me han dicho que saque fotos y con eso vale, pero siempre quedan dudas y no me atrevo a arreglar muchas cosas hasta que venga el perito y lo vea todo con sus propios ojos».
«Va todo muy lento», se queja Edurne, que critica el papel de unas instituciones que «se echan la pelota unas a otras». «Aquí nadie ayuda, nos tenemos que organizar entre nosotros», afirma Aitor, que recuerda a una vecina que «tiene acogidas en su casa a siete personas y ha tenido que pedir comida a Cáritas». «¿Dónde están los organismos oficiales?, se pregunta.
Cada uno se busca la vida como puede a la espera de que las promesas se hagan realidad. Mientras tanto, «el que tenía butano ha hecho comida para el resto», «un señor de 90 años ha estado cinco días encerrado en su casa porque no podía bajar sin ascensor» y Aitor se viste con la ropa que le han regalado sus amigos.
Santiago y Nerea han comenzado a comprar verduras a otros caseros para poder vender algo en su puesto «y no perder clientela». Están a la espera de recibir algún tipo de subvención y tienen sus esperanzas depositadas «en los sindicatos agrarios, que parece que van a pedir ayudas». Es un atisbo de luz que no acaban de percibir Ana y Lucas. «Hemos pedido ayuda económica y no nos la dan porque superamos por poco el límite exigido», afirman.
A pesar de todo, los vecinos tienen fe en las instituciones, aunque solo sea porque no tienen más remedio. «No nos queda otra que tener esperanza en ellas», afirma María José. Es un apartado en el que queda incluido el alcalde de San Sebastián, cuya imagen parece haber resistido las críticas que recibió en las asambleas de Martutene y Txomin Enea. «Al menos dio la cara y no es fácil», afirma Nerea. «Yo le vi lleno de barro y sacando cosas a la calle, todo hay que decirlo», revela Aitor.
Pero este reconocimiento no supone un cheque en blanco. Tras unos días en los que «aquí vino hasta el apuntador», ahora lo que queda es cumplir lo que se dijo entonces, como poner en marcha los proyectos existentes para encauzar el Urumea y evitar futuras inundaciones. «Las instituciones se han comprometido, tienen todos los estudios del mundo», asegura María José, que quizá peque de un ligero optimismo.
Pero ha dado en la diana. Los vecinos no solo reclaman ayudas; ante todo exigen que las viviendas y negocios que arreglen no vuelvan a quedar anegados. Y es aquí donde las instituciones se la juegan, sobre todo si en un futuro hipotético, en unas supuestas nuevas inundaciones, alguno de sus representantes se ve obligado a regresar para repartir promesas y recibir algo más que críticas.
«El Ayuntamiento tiene la oportunidad de demostrar que es un equipo competente», afirma un vecino. Otro le recuerda que no es tan fácil porque «también están implicados la Diputación y los gobiernos central y vasco, que tienen que coordinarse». Para todos, la conclusión es clara. «El Ayuntamiento tiene que ser nuestro abogado defensor, pero no solo los que tienen la Alcaldía, sino todos los partidos municipales. Que dejen de echarse los trastos, nos tienen que defender porque somos donostiarras».
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