«Perdimos la casa pero pudimos perder la vida» (Diario Vasco, 31 de Diciembre)


La familia Laspeñas vive la Nochevieja en el hogar de una hermana: más de cincuenta pisos siguen desalojados tras las inundaciones. Para ellos ha sido la noticia del año. Una familia de Martutene que vio cómo el agua se llevaba parte de su vida relata la lucha por volver a la normalidad

«Aquel día volvimos a nacer». Edurne Jabat lo dice sin dramatismo añadido, sólo como una descripción. «Cuando salimos de casa el agua nos llegaba al cuello y traía una fuerza que nos arrastraba: tuvimos que saltar una tapia para llegar a una zona más segura». El agua anegó sus memorias y sus bienes. «Sí, nos quedamos sin casa, pero pudimos perder la vida», añade como consuelo.

Aquella casa inundada es hoy una casa en obras. El 6 de noviembre, el día que la vega del Urumea sufrió una de las mayores inundaciones en la historia reciente de Gipuzkoa, Edurne Jabat, su marido Marcos Laspeñas y sus hijos Ibai, de 15 años, y Uxue, de 8, tuvieron que abandonar el hogar familiar, en el llamado ‘callejón del cura’ de Martutene, y trasladarse a la casa de una hermana de Edurne en Hernani. Y ahí siguen. «Esperamos volver a casa para el día de San Sebastián, pero lo vemos difícil: aún queda mucho por hacer».
Según los cálculos de las asociaciones de vecinos de la zona medio centenar de familias sigue fuera de sus casas desde las inundaciones de noviembre: más de treinta son de la parte de Martutene y 17 de Txomin Enea. Algunas familias han sido realojadas en viviendas públicas y otras han optado por trasladarse a casas de parientes. Ese traslado forzoso recuerda que las heridas siguen abiertas en esa zona de San Sebastián y que los vecinos continúan reclamando soluciones «para que una desgracia así no vuelva a repetirse».
Pero volvamos con la familia Laspeñas. Si las inundaciones han sido una de las noticias del año en Gipuzkoa, ellos son nuestro ‘personaje’ del 2011 en representación de todos los afectados por la riada. Aquí están, en esta fría tarde de finales de diciembre, moviéndose de visita en su vieja casa, donde aún pueden apreciarse los daños del agua pero donde también se percibe ya el movimiento de la reconstrucción. Laika, la perra de la familia, se mueve por cada rincón agitada por la visita de los extraños: el día de las inundaciones sus dueños la dejaron dentro del coche, aparcado en un lugar supuestamente más seguro, pero al final tuvo que ser rescatada por los bomberos, en una imagen que se convirtió en una de las fotos simbólicas de esos días. Laika es la única que ha seguido viviendo en la vieja casa familiar, la planta baja de Villa Carmen, muy cerca del Urumea. «No podíamos llevarla donde mi hermana porque bastante es que nos reciba a los cuatro: venimos cada día a verla… y a trabajar un poco para recuperar la casa», explica Edurne.
Cobrados parte de los daños
¿Cómo fue aquel fatídico día D? Los padres y los hijos van completando los recuerdos para trenzar la historia. «A media mañana empezó a salir agua de la bodega y empezamos a temer que era otra inundación más, de las que hemos sufrido tantas veces. Luego fuimos viendo que la cosa iba más en serio y empezamos a poner en alto la televisión y otras cosas de valor. Ingenuamente hasta pusimos sábanas bajo las puertas para impedir que entrara el agua. Nos metimos a casa a comer. De pronto abrimos la puerta y nos encontramos con una crecida rápida e impresionante».
A Edurne le dio tiempo a meter cuatro cosas en una maleta y salieron, con el agua literalmente al cuello, para saltar una valla y llegar a un lugar más seguro. «Afortunadamente la niña se había quedado por la mañana en casa de unos amigos y no pasó el susto que sufrimos los demás», agrega. «Yo pensé que no lo contábamos».
Marcos, de 48 años, nació en esa casa. «He vivido siempre aquí y nunca había visto una inundación como la de noviembre. Incluso las de 1983, que afectaron a todo el País Vasco, fueron aquí menores». Y tiene sus propias teorías para explicar lo que ocurrió esta vez. «Aunque oficialmente niegan que se abrieran las compuertas de Añarbe los vecinos estamos convencidos de que se hizo así, porque no se explica de otra forma que el nivel del agua creciera tanto en tan poco tiempo. Y hasta gente de los servicios de urgencia nos han dicho con la boca pequeña que tuvo que ser así».
Pero hay más. «A medida que se han ido canalizando los problemas de Hernani o Loiola, el resto de los barrios quedamos más expuestos. Por eso queremos medidas urgentes, porque si no, esto volverá a ocurrir antes o después. Y ahora, con el terror de los vecinos, que cuando ven que la lluvia arrecia temen que regresen los problemas. De entrada, podrían dragar el río, que eso no necesita proyectos ni grandes preparativos».
Volvamos al 6 de noviembre. La familia de Marcos y Edurne se refugió esa noche en la casa cercana de un pariente. «Extrañamente, para las tres de la madrugada el agua había desaparecido, lo que refuerza mi idea de que la apertura de la presa fue clave», insiste Marcos. Cuando la familia volvió a casa el día siguiente se quedaron desolados. «Todo estaba dañado, desde las cosas materiales hasta las que no se pagan con dinero, como las viejas fotografías o los videos que habíamos hecho a la niña desde que nació», dice Edurne.
Agradecen la ayuda de Cáritas, «que en las primeras horas nos facilitó mil euros para empezar a reaccionar». Las instituciones les ofrecieron la posibilidad de alojarse en una vivienda «pero debíamos compartirla con otra pareja, así que nos fuimos a Hernani con mi hermana, que es viuda y ahora vive sola».
Empezó entonces la otra inundación: el papeleo de los seguros. «Nosotros calculamos que la cuantía de lo perdido ascendía a 66.000 euros, pero los seguros nos han abonado sólo 37.000 euros, que ya hemos cobrado».
Y comenzaron también los trabajos de reconstrucción de la casa. En eso están. «Nuestro sueño es volver el día 20 de enero, pero la previsión realista es que tendrá que ser más tarde». Marcos sigue con su trabajo de carpintero, Ibai continúa estudiando en Errenteria y la pequeña Uxue en el colegio del Carmelo de Amara.
«Muchos vecinos han sufrido, hay casas que siguen dando problemas y este barrio ha sufrido una herida tremenda», se despide Edurne abrazada a sus hijos. «Contamos nuestra historia para que las instituciones competentes hagan lo que tengan que hacer: que esto no vuelva a repetirse».
Noticia completa y vídeo pinchando en el enlace:

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