«Esto es un desastre» (Noticias de Gipuzkoa, 7 de Febrero)


LOS VECINOS DE MARTUTENE SIGUEN SIN SACUDIRSE LA TRAGEDIA Y ENCARAN UN FUTURO CON GRANDES DOSIS DE INCERTIDUMBRE

La tristeza trepa por las paredes de las viviendas de la Colonia de El Pilar, reducto de humildes moradas del barrio donostiarra de Martutene tristemente famosas por las constantes acometidas del agua. La del 6 de noviembre fue, sencillamente, devastadora. El foco de atención es hoy otro, pero las secuelas de la tragedia siguen siendo visibles, tanto en el mobiliario del barrio como en el ánimo de sus gentes.

Los vecinos dicen que desde que el río hizo de las suyas la tristeza se ha adueñado de la zona. Durante este tiempo, carpinteros y pintores ofrecen sus servicios, en lo que ha acabado por convertirse en ese floreciente negocio que siempre emerge de las tragedias. «El mal de unos es el bien de otros», enuncia un vecino cariacontecido que remonta el curso del río dando un paseo. El barrio intenta sacudirse una pesadilla que, tarde o temprano, siempre regresa. Hay locales y comercios que se van abriendo en las últimas semanas, cerrados a cal y canto desde aquel arranque de noviembre de infausto recuerdo. La huella de la humedad sigue impresa en las fachadas de las casas a medio metro de altura. En una de ellas nos topamos con Maite Fernández. «Han pasado tres meses y la gente se piensa que todo esto se ha resuelto», expresa Fernández, dispuesta a abrir a este periódico las puertas de su vivienda para mostrar una realidad diametralmente opuesta.

La mujer accede al portal del número 7 del barrio, de paredes desconchadas por el agua. Entretanto, ha comenzado a llover en este lunes tristón, gotas que a la mínima disparan en muchos vecinos los peores presagios. Son cinco peldaños los que separan la aparente normalidad del barrio con el drama que cada familia vive de puertas adentro. «Mira que espectáculo más espeluznante. Esto es un desastre». Todavía hoy hay doce viviendas en una situación catastrófica similar, de esos pisos que los peritos dicen que «hay que llevar a la UVI».

La de Maite es una vivienda que agoniza. El golpe de humedad que recibe el visitante resulta noqueador. El espesor del ambiente casi puede morderse en el interior de lo que fue una coqueta vivienda convertida hoy en un habitáculo vacío, frío y despersonalizado, del que unos pequeños muebles son los únicos enseres que conserva la familia. «Los guardé en sacos de arroz pensando que absorberían la humedad. ¡Qué ingenuidad la mía!», se sonroja esta mujer de 45 años, que lleva tres meses realojada con su familia en Buenavista, un piso que se abandonará esta semana ya que ha expirado el plazo municipal del realojo.

Hay quien habla de la respuesta institucional como de «un parcheo». Otros dicen haberse sentido «mojados por el río y ahogados por las instituciones». Sea como fuere, para Maite volver a su casa solo será posible cuando concluya un prolijo proceso burocrático que, como mínimo, se demorará algo más de un año. «Todavía no tenemos ni oferta del Consorcio del Seguros», desvela.

Heridas abiertas

Once inundaciones en doce años de vida

Hasta hace tres meses eso de contenido y continente eran palabras que sonaban a chino para buena parte de los vecinos del barrio. A fuerza de pelearse con la Administración, muchos de ellos se manejan hoy en la jerga como pez en el agua.

Fernández humilla su mirada para señalar cómo han cedido las cuatro esquinas de la vivienda. A modo piramidal, solo la parte central del suelo del piso conserva la altura original.

«El agua arrasó las vigas y solo queda una en toda la casa, el resto del suelo está suspendido en el aire», describe. Sustituir esas vigas, amén de papeleos sin fin, supone «una obra impresionante», y el desembolso de unos 30.000 euros para cada familia. Y a la espera de que todo ello siga su curso, esta donostiarra pagará a partir de ahora 850 euros por el piso de alquiler de Martutene al que se marcha con su familia después de haber estado realojada.

La conversación tiene lugar en el centro de la vivienda anegada, con la marca del agua a 65 centímetros de altura. Fernández rememora la tragedia ocurrida aquella madrugada del 6 de noviembre presidida por el desconcierto. «Coge a tu familia y sal corriendo», le alertaron a primera hora de la mañana. Para entonces las aguas desbocadas habían comenzado a tragarse garajes, locales, toda suerte de negocios y los sueños de centenares de vecinos.

«Lo nuestro ha sido una pena, pero mira cómo está este otro piso». Maite sale de casa para mostrar la de la vecina, una vivienda que por sus prestaciones era hasta el día de la tragedia la envidia de la Colonia. Nada que ver con su situación actual, con el parqué flotante arrancado de cuajo. «La pobre apenas había estrenado la casa, y se pasó una semana sin reaccionar ante este destrozo», rememora su vecina, paseando su mirada por los restos de lo que otrora fue una vivienda «a la última».

En ocasiones, la verdadera dimensión de las tragedias se toma con las pequeñas cosas. A Maite le llegaron a salir «ranas del frigorífico». Aunque parece una broma, lo dice en sentido literal. «Los primeros días fueron desconcertantes». Naia, la mayor de sus hijas, tiene doce años y sabe de sobra lo que es vivir con el agua al cuello. Once veces ha tenido que salir de casa apresuradamente por las crecidas del río. Su hermana, Maitane, de cinco años, ha vivido la misma situación en cuatro ocasiones. «Creo que la pobre esta vez no la olvidará», aventura su madre, que en los trece años de residencia en Martutene ha escapado del agua en once ocasiones.

La charla concluye en el bar Txalupa, próximo a la vivienda. Reme, la propietaria, reabrió las puertas del negocio el pasado 9 de enero, después de remozar el establecimiento de arriba abajo. El día de la inauguración hubo café para todos. «Había mucho que celebrar. Hemos estado dos meses sin poder trabajar, y contentos que hemos vuelto», confiesa la hostelera, que reconoce no ser de las que salieron peor paradas, tras haberles reembolsado 28.000 de los 40.000 euros que se llevó el río.

http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2012/02/07/sociedad/euskadi/desastre

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